185. La vida puede cambiar
Después de la compra del vestido, los días que siguieron fueron como un respiro tras una larga tormenta.
Sin la interferencia de mi padre, parecía que, por fin, todas las piezas volvían a encajar en su lugar.
Almorcé varias veces con Ethan. Pudimos irnos juntos del trabajo, ya que Pearson, milagrosamente, dejó de lanzarme tareas urgentes sobre la mesa minutos antes de que terminara la jornada…
Y lo más sorprendente: cada vez que me cruzaba con mi padre por los pasillos, me saludaba con una sonr