Mael aparentaba siempre ser una persona reservada, paseando por los pasillos del palacio en silencio y en completa calma, como si tuviera todo resuelto, pero cuando sus barreras estaban tambaleantes acudía a mí, en donde encontraba alguien con quien poder hablar sin restricciones de todo aquello que lo aquejaba. Aquella noche la pasó en mis aposentos, sentados en el piso del balcón, apreciando la luna mientras platicamos. Me contó del peso que sentía sobre sus hombros y su temor de defraudar a