Centenares de flores con vibrantes colores brillaban como nunca, despidiendo su dulce aroma al darme la bienvenida. Bajé con lentitud mi capucha, revelando así mi rostro para poder hablar con normalidad, si es que mi corazón me lo permitía.
El chico miraba mis mejillas, algo sucias todavía y ambos sonreímos entendiendo lo mismo.
—Tenia que hacer que nadie me notara.
—Seria imposible —confesó tocando su cuello con nerviosismo.
—Gracias… —seguía sin saber su nombre.
—Nathaniel, Princesa —contestó