POV: Zoé Dupont
El sonido de un correo entrante rompió la atmósfera íntima de nuestra cena improvisada. Lucien sacó su teléfono, y la expresión de "hombre relajado" se evaporó al instante, reemplazada por la máscara fría del Alfa.
—Es el informe forense —dijo, poniéndose de pie—. Mi contacto en la morgue de París ha sido rápido.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la nieve. Me levanté y lo seguí hasta el escritorio de su despacho, donde proyectó el archivo en la pantalla holográfica del ordenador.
—¿Estás segura de que quieres ver esto? —preguntó, con la mano sobre el teclado, dudando. Me estaba protegiendo de nuevo.
—Es mi padre. Ábrelo.
Asintió y desplegó las imágenes. Tuve que apretar los puños para no apartar la mirada. Las fotos eran brutales, clínicas, iluminadas con esa luz blanca y cruda de las mesas de autopsias. Pero Lucien no miraba la sangre; miraba los datos. Los gráficos espectrográficos y los análisis químicos al margen.
Sus ojos verdes se entrecerraron.
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