En ese momento, todo a su alrededor se disolvió. Dentro de la habitación, solo había un torbellino de piel, calor y gemidos ahogados. Por primera vez desde que la conocí, sentí a Luna entregarse sin ese hilo de miedo o vacilación que antes la mantenía un paso atrás. Ella quería el placer, y lo quería con una intensidad que igualaba la mía. Pero la piccola aún no había aprendido, verdaderamente, la extensión de mi locura. Aún no entendía que, en la cama, yo no era solo Alex – era una fuerza prim