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CAPÍTULO 6 – LA VIOLENCIA EN EL MUNDO DE ALEX

Narrado por Luna

Lo que yo no sabía era que Alex había decidido que su "sirviente" necesitaba endurecerse. En su mente distorsionada, al creer que yo era un chico, veía esas lecciones de crueldad como una forma de fortalecerme, de prepararme para la brutalidad de su mundo. Sus hombres ya me llamaban "frágil" y "mocosito" – ironías que dolían más de lo que ellos podían imaginar.

Una noche, después de que Alex saliera, Herold decidió divertirse a mi costa. Los golpes y patadas comenzaron como de costumbre, pero algo dentro de mí se rompió. Cuando se acercó para otro golpe, reaccioné con una patada rápida y precisa entre sus piernas. El alarido de dolor que soltó fue satisfactorio, pero el breve placer fue sustituido por el pánico. Corrí, desapareciendo en mi único refugio: la habitación de Alex, lugar prohibido para ellos. Me escondí debajo de la cama, temblando, sabiendo que la represalia sería terrible.

Cuando Alex regresó, me encontró al instante. Parecía tener un radar para mi cobardía. Me tiró del cuello de la camisa, su rostro a centímetros del mío. El olor a whisky y poder era sofocante.

—¿Hasta cuándo, "monello stupido" (mocoso estúpido), vas a dejar que los otros hagan de ti lo que quieran? —su voz era un corte bajo, cargado de un desprecio que parecía venir de un lugar profundo.

No podía responder. Lo que no entendía en ese momento era que su rabia no estaba dirigida solo a mí, sino a un recuerdo. El recuerdo que en ese momento no comprendía.

Alex me sacudió diciendo:

—Escucha, muchacho —dijo él, su voz más contenida, pero aún así intensa—. No voy a tolerar la cobardía. Vas a aprender a defenderte, o morirás como un débil. ¿Me entiendes?

Asentí con la cabeza, aturdido. Me arrojó al suelo.

—Excelente. Mañana empiezan tus lecciones. —Su voz era seca—. Ahora deja de mirarme con esa cara de idiota y ayúdame con estas malditas botas.

Obedeci, de rodillas, mientras él refunfuñaba. Pero las "lecciones" que siguieron fueron mucho peores de lo que podría imaginar.

El sótano de las torturas se convirtió en mi nueva aula. El olor era el primer ataque: una mezcla dulce y agria de sangre coagulada, sudor de miedo, orina y el olor metálico y distintivo de vísceras expuestas. La iluminación débil creaba charcos de sombra que escondían horrores y revelaban debilidades. Las paredes de piedra no eran lisas; estaban salpicadas de marcas oscuras y salpicaduras que iban del rojo vivo al marrón oxidado. Trozos de cosas que no quería identificar – quizá carne, quizá algo peor – se pegaban al suelo de cemento, donde una zanja poco profunda canalizaba un hilo de líquidos viscosos hacia un desagüe atascado.

Fue allí donde Tsurushi, el brazo derecho de Alex, agarró mi cabeza y me obligó a mirar. El hombre en la silla ya no parecía humano. Sus ojos eran dos orificios de puro terror. Los dedos de sus manos ya habían sido arrancados, uno a uno, y yacían en el suelo como insectos aplastados.

Ya no gritaba; emitía un gemido ronco y continuo, el sonido de un animal con los pulmones perforados. Cuando Tsurushi tomó la katana, el acero reflejó la tenue luz. El golpe fue rápido, un silbido en el aire. La cabeza se separó del torso con un sonido húmedo y cortante.

Mi estómago se contrajo violentamente. La náusea subió por mi garganta, un sabor agrio a bilis. Pero contuve el vómito, el pánico, el grito que quería escapar. Mantuve el rostro como una máscara vacía.

Alex se acercó, quitándose los guantes ensangrentados.

—Felicidades, muchacho —dijo él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos de hielo—. No vomitaste. La primera vez que vi a un hombre ser partido así, no fui tan fuerte.

Él mentía, pues era mucho más fuerte que yo. En cuanto a mí, fingía no estar en shock ante aquella escena grotesca, pero por dentro, estaba gritando.

Limpiar aquel lugar se convirtió en parte de mi rutina. Enjuagar y fregar la sangre que se infiltraba en las grietas del cemento, mientras el olor a cloro intentaba, en vano, enmascarar el hedor de la muerte. Era una violencia tan íntima, tan visceral, que me hacía sentir que mi propia alma se estaba manchando.

Sin embargo, nada me perturbaba más que la intimidad forzada con el propio Alex. Después de una misión en el puerto, llevaba un traje de buceo ajustado. Se acercó a mí, de espaldas.

—Aquí, ragazzo, abre esta cremallera. No puedo abrirla solo.

Mis manos temblaron al tirar de la cremallera. Cuando se abrió del todo, contuve la respiración. Alex estaba desnudo debajo. Su cuerpo era un mapa de violencia y supervivencia. Músculos definidos bajo una piel marcada por cicatrices – algunas finas como líneas de cuchilla, otras irregulares y profundas, recuerdos silenciosos de un padre sádico. Tatuajes serpenteaban por su espalda. Nunca había visto a un hombre así, tan expuesto, tan real. La sangre subió a mi rostro, una ola de calor que me avergonzó, una atracción primitiva y aterradora que brotaba de un lugar que no conocía.

Él, ajeno, se vistió con una naturalidad perturbadora. Entonces se volvió hacia mí haciéndome enrojecer aún más, bajé la mirada mientras él hablaba:

—Entiende, Léo, en nuestro medio no podemos confiar, no totalmente, para no darle medios al enemigo para sorprendernos. ¿Entiendes lo que te digo, muchacho?

Hizo un gesto con las manos para que pudiera entender; solo asentí con la cabeza y él continuó:

—Y ese maldito confió demasiado, y hoy recibirá una sorpresa que jamás imaginó en su vida.

No sabía lo que eso significaba, pero el escalofrío en la espina era cortante. Algo monstruoso se acercaba. Y yo, atrapada en el centro de la tormenta, sentía mis instintos más básicos entrando en conflicto: la necesidad de sobrevivir y una recién descubierta y peligrosísima fascinación por el propio demonio al que había jurado destruir.

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