Isabella
I. La Despedida de la Jaula
El amanecer sobre los Andes nunca se sintió tan efímero. Era la mañana de mi partida, el inicio del Protocolo Ceniza-Acero. Me vestí con la indumentaria que Alejandro había dispuesto: un traje sastre en tono gris topo, costoso, sobrio, diseñado para proyectar competencia en lugar de provocación. Era el uniforme de la estratega, no de la fugitiva.
El único accesorio que no elegí fue el reloj. Un dispositivo de titanio pulido, elegantemente minimalista, que Alejandro me puso personalmente. La sensación de su toque en mi muñeca fue breve y profesional, pero la resonancia de la microcápsula de seguimiento incrustada era una cadena de mil kilómetros.
—El reloj tiene la capacidad de transmitir mi ritmo cardíaco, mi ubicación GPS, y un pulso de emergencia codificado a tres satélites diferentes —dije, observando la frialdad del metal contra mi piel.
—Es el costo de tu autonomía, Isabella —respondió Alejandro, sin un solo gramo de emoción, su voz resonando