Isabella
El búnker, antes un refugio, se había transformado en mi cuartel general. Pasaron los meses y el trabajo en la Fundación Fénix me consumía, tal como Alejandro había previsto. No era un juego de niña; era la gestión de activos reales, de propiedades intelectuales, de contratos multimillonarios. Él me había dado una inmersión completa y yo la había absorbido con la voracidad de quien se muere de hambre de poder.
A mis dieciocho años, yo era la presidenta de un holding que manejaba más capital que algunos países pequeños. Era absurdo, vertiginoso, y completamente real. Y era precisamente esa facilidad lo que comenzó a carcomerme.
Me senté en el despacho privado, el que Alejandro había diseñado para mí, mirando la maqueta arquitectónica de nuestro próximo proyecto: un complejo de diseño ecológico en el sur. El proyecto había estado estancado por meses, bloqueado por un permiso municipal menor, un simple tecnicismo burocrático.
—La licencia de construcción está detenida, Alejandro