Isabella
Dos meses. Habían pasado sesenta días desde que había cruzado el umbral del búnker, desde que la vida que conocí se había desvanecido en el humo de una confesión a medias y el juramento apasionado de un hombre.
La vida aquí era un eco distorsionado de la realidad. Había cambiado el mármol frío de la casa Montesinos por el mármol oscuro y pulido de este ático; el uniforme escolar, por sedas y cachemir de diseñador; la tiranía de mis padres, por la tiranía de la devoción de Alejandro.
Mi