Un latigazo impactó con fuerza sobre su espalda, sacudiéndola bruscamente de su letargo en medio de una maraña de dolor. De sus labios, un grito desgarrador escapó, llevando consigo el eco de su agonía.
Allí se encontraba, atada de manos a un poste situado en un rincón de la lúgubre habitación. La cuerda, delicada pero firme, se enroscaba varias veces alrededor de sus muñecas, mientras su rostro permanecía pegado al poste, apenas a escasos centímetros del suelo.
Su melena caía en cascada cubrie