—Señorita.
Aquella palabra sacó a Regina de sus pensamientos y la hizo mirar a la mujer que tenía enfrente. La niña dulce y tierna de antes ya no estaba. Había perdido esa sonrisa radiante y confiada, y ahora su expresión era dura, marcadamente indiferente.
Doña Elvira se secó las lágrimas y, con la voz quebrada por el llanto, le suplicó:
—Señorita, usted sabe bien que me divorcié hace mucho tiempo. He sacado a mi hijo adelante yo sola todos estos años, y no ha sido nada fácil. Yo creí que ahora