Cuando Gabriel estacionó el auto, Regina tomó su paraguas, lista para bajar, pero los seguros seguían puestos.
—¡Gabriel!
Estaba furiosa. Pero él solo giró la cabeza para verla.
—¿A qué hora sales? Paso por ti.
Regina observó su perfil y suspiró con desprecio.
—¿Ahora resulta que te sobra tiempo?
Él no respondió; la observó en silencio, esperando una respuesta. Ella apretó los puños. Para no perder más tiempo, respondió con una actitud seca:
—No sé a qué hora termine. Solo voy a una junta. Podrí