—¡No quiero verte!
Regina abrió la puerta con la tarjeta, entró y se volteó. Su expresión solo era de indiferencia.
—No estoy de humor para visitas. Ni quiero estar peleando.
Sin decir más, le cerró la puerta en la cara.
Una vez dentro, arrojó su bolso y se desplomó sobre la cama. Se sentía fatal, un malestar que le calaba tanto el cuerpo como el alma. Al recordar todo lo ocurrido desde la noche anterior, un pensamiento la asaltó: volvía a estar sola.
Esa verdad resonó en su mente, y con cada eco, una vieja herida pareció abrirse en su interior, dejando entrar una ráfaga de desolación. Regina se hizo bolita sobre la cama, como si intentara protegerse de su propio dolor.
Cuando el timbre sonó, no se movió ni un centímetro, con la mirada perdida en la oscuridad de la ventana. El timbre siguió sonando, una y otra vez, hasta que, harta, se levantó de un salto para abrir la puerta.
—¡Maldita sea! ¿No te cansas de molestar?
Él le tendió un termo.
—Toma, bebe un poco de esto. Te sentirás mejo