—¡No quiero verte!
Regina abrió la puerta con la tarjeta, entró y se volteó. Su expresión solo era de indiferencia.
—No estoy de humor para visitas. Ni quiero estar peleando.
Sin decir más, le cerró la puerta en la cara.
Una vez dentro, arrojó su bolso y se desplomó sobre la cama. Se sentía fatal, un malestar que le calaba tanto el cuerpo como el alma. Al recordar todo lo ocurrido desde la noche anterior, un pensamiento la asaltó: volvía a estar sola.
Esa verdad resonó en su mente, y con cada ec