Ricardo Solís se metió a la cama después de bañarse y apagó la luz. Su esposa se dio la vuelta en la cama, pero al poco rato volvió a girarse hacia él y suspiró.
Ricardo rio entre dientes.
—¿Otra vez pensando en lo de nuestro hijo?
—¿Y yo para qué voy a estar pensando en ese malagradecido? Ya le dije que para mí es como si no existiera. Si se queda solo toda su vida y no tiene quién lo cuide, es su problema, no el mío.
Ricardo sabía que su esposa solo era dura por fuera, así que intentó consolarla.
—Bueno, treinta años no es tanto. Todavía le queda mucho tiempo, y uno nunca sabe. Acuérdate de que ni nos enteramos cuando se casó con Regi…
—Claro. Y para divorciarse tampoco nos dijo nada.
Silvia lo dijo con un tono de amargura y volvió a darle la espalda. A Ricardo se le escapó una sonrisa. Sabía que su verdadera pena era Regi. Recordó las dos veces que la muchacha se había quedado en su casa, lo bien que se la habían pasado todos juntos, y sintió nostalgia.
Lo pensó un momento antes de