El elevador descendía. Al llegar al primer piso, las puertas se abrieron. Gabriel salió con una actitud sombría. Un niño de unos tres años entró corriendo y se estrelló contra él.
El pequeño cayó de sentón al suelo. Una mujer que empujaba una carriola entró en ese momento, y al ver la escena, se apresuró a levantar a su hijo.
—¡Ya te dije que no corras! ¡Fíjate por dónde vas!
La mujer le sacudió el polvo de la ropa. Gabriel estaba a punto de irse cuando su mirada se posó en la carriola que estaba cerca. Dentro había un bebé de piel muy blanca y suave.
—¡Señor, perdóneme!
El niño se inclinó ante él a modo de disculpa. Pero él no reaccionó, sus ojos oscuros se quedaron fijos en el bebé. El pequeño notó la mirada del hombre y, con orgullo, corrió hacia la carriola.
—Señor, ¿a que mi hermanita es muy bonita?
Al escuchar eso y ver los ojos brillantes del niño, Gabriel sintió una vieja herida abrirse de nuevo. No respondió la pregunta. Con una actitud dura, se dio la vuelta y se fue.
Se sent