Capítulo 30
No sabía qué me pasaba. Era como si todos mis sentimientos se hubieran fundido en deseo. Un deseo incontenible, que me quemaba desde dentro.
Me acerqué a la puerta del baño y giré la llave. El “clic” del seguro fue la señal de inicio de algo que no se detendría.
Santiago no dijo nada. Me miraba como si no pudiera respirar. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Sus ojos estaban fijos en mi cuerpo, completamente desnudo, goteando aún por el agua que había intentado usar para limpiarme.
Me acerqué a él. Me arrodillé entre sus piernas, despacio. Sentía su calor.
—No puedo vivir sin ti —le dije, con la voz temblorosa.
Sus dedos me rozaron el mentón. Me levantó la cara para que lo mirara.
—Tampoco puedo vivir sin ti, preciosa. Me estoy pudriendo por dentro desde que me alejaste.
—Te amo —le confese, pegando mi frente a la suya—. Te necesito, Santiago… más que a nada.
Su mano bajó por mi cuello, acariciándome lento.
—Entonces tócame —murmuró—. Hazme tuyo. Enséñame que todavía soy