Mientras tanto, en la manada Oeste. Sierra paseaba de un lado al otro del salón, sus tacones resonaban con furia contra el mármol. Las amplias ventanas dejaban entrar la luz del atardecer, dorando las paredes de piedra, pero nada podía iluminar el fastidio que cargaba encima. Llevaba un vestido nuevo, ajustado y elegante, con bordes de encaje fino y una abertura en la pierna que dejaba poco a la imaginación. Se había arreglado para él. Para Kael.
Y, como en los últimos días, no se había fijado