Capítulo 6

Alaric se interpuso entre Lysandra y Elora, su figura imponente proyectando una sombra sobre ambas. Sus ojos estaban fijos en su hermana, cargados de una advertencia mortal.

-Lysandra, te lo he dicho. Fuera.

Lysandra soltó una risa cantarina, un sonido que erizó la piel de Elora. Retrocedió un paso, levantando las manos en un gesto de falsa rendición.

-Tranquilo, hermanito. Solo quería conocer a tu... empleada. Tienes buen gusto, debo admitirlo. Es... refrescante.

Se giró hacia Elora con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises y gélidos.

-Lamento si te asusté, querida. Mi hermano suele ser muy... territorial. Soy Lysandra, la hermana de Alaric. Y tú debes ser la famosa Elora Vance.

Elora, con el corazón martilleando contra sus costillas, asintió levemente. La presencia de Lysandra era sofocante, una mezcla de perfume caro y un rastro metálico que ya reconocía demasiado bien.

-Mucho gusto, señorita Thorne.

-Oh, por favor, llámame Lysandra. Somos familia, ¿no? -dijo ella, con un tono de voz que hizo que a Elora se le helara la sangre.

Alaric, ajeno al doble sentido en las palabras de su hermana, se relajó ligeramente. Su mente estaba ocupada en cómo alejar a Elora de la oficina antes de que su sed se volviera incontrolable de nuevo.

-Elora, ve a mi despacho privado y prepara los informes para la reunión de la junta de la tarde. No quiero interrupciones.

Elora asintió, agradecida por la oportunidad de escapar. Caminó hacia la puerta del despacho privado, sintiendo la mirada de Lysandra clavada en su espalda como dos puñales de hielo.

-Nos vemos pronto, Elora -susurró Lysandra, tan bajo que solo ella pudo oírlo.

Horas más tarde, Elora estaba inmersa en los informes, tratando de concentrarse en los números para olvidar el terror que había vivido. El pañuelo de seda le picaba en el cuello, un recordatorio constante de la marca que Alaric le había dejado.

La puerta del despacho se abrió sin previo aviso. No era Alaric. Era Lysandra, con una copa de un líquido oscuro y espeso en la mano.

-Vaya, qué trabajadora -dijo Lysandra, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido metálico que sonó a sentencia-. Mi hermano tiene suerte de tenerte.

Elora se tensó, dejando el bolígrafo sobre la mesa.

-¿Necesita algo, Lysandra?

Lysandra se acercó a ella, con una elegancia depredadora. Se detuvo a centímetros de Elora, invadiendo su espacio personal.

-Solo curiosidad. Me pregunto qué tiene de especial una simple mortal para que mi hermano se vuelva loco por ella. He visto a mujeres más hermosas, más poderosas, más... sabrosas que tú. Y sin embargo, él te eligió a ti.

Tomó un sorbo de su copa, sin apartar los ojos de los de Elora.

-Dime, Elora. ¿Qué se siente ser la mascota de un Monarca? ¿Qué se siente saber que en cualquier momento puede decidir que ya no eres útil y... descartarte?

Elora sintió que el miedo la paralizaba, pero se obligó a responder.

-No soy la mascota de nadie, Lysandra. Soy la secretaria del señor Thorne.

Lysandra soltó una carcajada cruel.

-¿Secretaria? Oh, querida. No seas ingenua. Alaric no te tiene aquí por tus habilidades con los informes. Te tiene aquí porque tu sangre lo vuelve loco. Eres su droga, Elora. Y las drogas se consumen hasta que no queda nada.

Se inclinó hacia Elora, su rostro a centímetros del de ella. Elora podía oler el rastro de sangre en su aliento.

-He visto a Alaric destruir cosas más valiosas que tú por mero capricho. No creas que eres especial. Eres solo un juguete nuevo, y cuando se canse de ti, yo estaré aquí para asegurarme de que no quedes ni rastro de tu existencia.

En ese momento, la puerta del despacho se abrió de nuevo. Alaric entró, con una expresión de alivio al ver a su hermana y a su secretaria juntas.

-Lysandra, ¿qué haces aquí? -preguntó él, su voz perdiendo parte de su frialdad habitual.

Lysandra se enderezó, con una sonrisa angelical en el rostro.

-Solo estaba conociendo mejor a Elora, Alaric. Es una chica encantadora. Me estaba contando lo mucho que le gusta trabajar aquí.

Alaric miró a Elora, buscando confirmación. Elora, con el corazón martilleando en el pecho, asintió levemente, sin atreverse a contradecir a Lysandra.

-Sí, señor Thorne. Lysandra ha sido muy amable.

Lysandra le guiñó un ojo a Elora, un gesto que pasó desapercibido para Alaric.

-Bueno, hermanito. Los dejo trabajar. Tengo cosas que hacer. Nos vemos pronto, Elora.

Salió del despacho con una elegancia que ocultaba la maldad que acababa de desplegar. Elora se quedó sola con Alaric, sintiendo que el peligro no había desaparecido, sino que se había vuelto más sutil y letal.

Alaric se acercó a ella, con una mirada cargada de posesividad.

-¿Estás bien, Elora? -preguntó él, su voz volviéndose suave por primera vez.

Elora asintió, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

-Sí, señor Thorne. Estoy bien.

Pero en su interior, sabía que nada estaba bien. El veneno de Lysandra ya estaba corriendo por sus venas, y el suspense de lo que estaba por venir la consumía por dentro

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