Capítulo 4

Alaric no se movió de la sombra de la cama. Parecía una estatua tallada por los mismos dioses, pero la tensión que emanaba de él era palpable, como la electricidad antes de una tormenta.

Elora sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

-Te di una orden, Vance -su voz no era un susurro esta vez; era un latigazo-. Te dije que no podías huir.

Elora tragó saliva, tratando de recuperar el control. Su pequeño apartamento, que siempre había sido su refugio, ahora se sentía como una jaula.

-Usted no me da órdenes fuera de la oficina, señor Thorne. Esto es allanamiento de morada. Salga de aquí o llamaré a la policía.

Alaric soltó una risa seca, un sonido desprovisto de cualquier rastro de humanidad. En un parpadeo, estaba a centímetros de ella. Elora no tuvo tiempo ni de gritar. Él la agarró por las muñecas con una fuerza brutal, inmovilizándola contra la puerta cerrada. El frío de sus manos quemaba su piel.

-¿La policía? -siseó él, inclinándose hasta que su aliento helado rozó su mejilla-. ¿Crees que unas insignificantes leyes humanas pueden detenerme? Soy Alaric Thorne. Soy el Monarca de esta ciudad, y tú... tú eres mía desde el momento en que naciste.

-No soy de nadie -respondió ella, desafiándolo con la mirada a pesar del terror que le oprimía el pecho-. Suélteme. Me está lastimando.

-Eso es lo que quieres, ¿no? -él apretó más el agarre, obligándola a jadear-. Quieres sentir mi fuerza. Quieres que deje de fingir que soy el CEO educado y te muestre lo que realmente soy.

Alaric bajó la mirada hacia el cuello de Elora, donde su pulso latía desbocado. Su sed, que había intentado controlar durante años, rugió con una furia incontrolable. Oler su sangre tan cerca, en la intimidad de su habitación, era una tortura.

Sin previo aviso, la soltó y la empujó hacia la cama. Elora cayó sobre el colchón, desorientada. Antes de que pudiera incorporarse, él estaba sobre ella, atrapándola con su peso. Era como estar bajo una montaña de piedra fría.

Él le arrancó la blusa con un movimiento brusco, exponiendo su piel pálida a la penumbra de la habitación. Elora gritó, intentando golpearlo, pero él inmovilizó sus manos sobre su cabeza con una sola de las suyas.

-¡Basta! -suplicó ella, con lágrimas de frustración y miedo asomando en sus ojos.

-Te advertí, Elora -dijo él, su voz era ahora una distorsión monstruosa-. Te advertí que tu sangre era un veneno. Y ahora vas a pagar el precio de tu existencia.

Alaric enterró su rostro en el hueco de su cuello. Elora sintió la punta de sus colmillos rozando su vena yugular, no con la delicadeza de un amante, sino con la brutalidad de un depredador. No hubo un beso tierno, ni caricias previas. Solo hubo posesión pura y dura.

Él la mordió. No para beber hasta matarla, sino para marcarla. Para reclamarla. El dolor fue agudo y repentino, seguido de una oleada de calor que recorrió todo su cuerpo, una extraña mezcla de agonía y un placer oscuro y retorcido que odiaba sentir.

Elora arqueó la espalda, soltando un gemido que fue ahogado por la boca de Alaric contra su cuello. Él gruñó contra su piel, saboreando su victoria, su dominio.

-Eres mía -susurró él contra la herida ensangrentada, su voz vibrando en el cuerpo de ella-. Y nunca, nunca volverás a intentar huir.

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