POV: Osborne
No había ido a la plaza de la manada a buscar a mi compañera. No porque no tuviera la edad suficiente para participar en la ceremonia, sino porque yo ya tenía a alguien en mente. ¿El problema? Cada vez que nos encontrábamos por el territorio, no pasaba nada. Ningún chispazo del vínculo. Ningún reconocimiento mutuo. Y yo lo odiaba con toda mi alma.
Nadie parecía notarla como yo lo hacía en la oscuridad. Quizá por eso me aferraba a ella con tanta fuerza. Esperé a que madurara, a que alcanzara la edad adecuada para por fin emparejarse conmigo en la ceremonia de aquel día, pero en el último momento, sentí que toda mi esperanza se fue al carajo. A veces, pensaba que debía reclamarla por la fuerza de una buena vez y acabar con esa tortura.
Así que, de nuevo, me quedé en mi habitación mientras los demás salían a celebrar. Alex se había ido temprano y había arrastrado a su insoportable pareja con él. Qué extraño que tuviera una pareja a pesar de no haber conocido a su compañera destinada aún. ¿Qué haría si al fin la encontraba en la plaza? ¿O si su pareja resultaba ser la compañera de otro? Ese tipo de desamor destruía a los lobos de maneras nunca antes vistas.
Como fuera, su padre se había asegurado de que asistiera sin excusas. Quería que conociera a su compañera y aceptara el vínculo frente a todos. El Beta incluso lo acompañó para garantizar que no huyera.
Había pasado un buen rato desde que se fue, y supuse que volvería con noticias. A veces, la mansión podía sentirse muy vacía y silenciosa. Tal vez debí acompañarlos, solo para verla a ella como solía hacer siempre desde las sombras. La sola idea de verla me hizo sonreír como un idiota.
Su figura adorable. Esas gafas enormes que escondían sus ojos asustadizos. Cada vez que la veía pasar, era una lucha interna por controlarme. Al principio, pensé que estaba loco por desearla tanto, pero no: era ella... cada parte, así fuera pequeña, de ella. La forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa me daba unas ganas locas de estrellar mi boca contra la suya y hacerla gemir. Solo de pensarlo me lo ponía bien duro.
De pronto, la puerta se abrió de un golpe violento y Alex irrumpió en mi cuarto, furioso. Las venas le saltaban en la frente y casi echaba humo por las orejas.
—¡¿Sabes con quién me emparejaron, Osborne?! —dijo Alex y dio un portazo a sus espaldas.
No hice más que reírme en su cara. Verlo así era demasiado divertido.
—¿Con quién? ¿Alguien que yo conozco? —pregunté y me apoyé en el escritorio.
Alex suspiró con frustración.
—Con esa gorda de mierda —escupió con asco.
De inmediato, mi sonrisa desapareció. Mi cuerpo entero se tensó hasta doler. Mi voz se volvió cortante mientras me levantaba despacio de la silla.
—¿Quién? —exigí saber, temiendo la respuesta en mis entrañas.
Alex titubeó entonces y notó el letal cambio en mi humor y el peligro en mi aura.
—Ya sabes... Aina —murmuró y desvió la mirada.
No lo dejé terminar de pronunciar su nombre.
Mi puño se estrelló contra la mesa con tanta fuerza que la madera se agrietó bajo mis nudillos. Apreté los dientes hasta que crujieron, obligándome a no golpear a Alex hasta matarlo. La ira se arremolinó en mi interior como una tormenta de sangre. ¡¿Por qué coño la llamó así?!
—¿Cuál es tu problema? —preguntó él y retrocedió un paso, confundido por mi reacción.
Yo respiraba con pesadez e intentaba calmar el fuego en mi interior. De pronto, la puerta volvió a rechinar en sus bisagras y Miranda entró a la habitación con aires de grandeza.
—¿Ya se lo dijiste? —le preguntó a Alex y dejó escapar una risita perversa—. Y asegúrate de contarle a Osborne cómo la rechazaste frente a todos.
Volteé de un latigazo a ver a Alex.
—¿La rechazaste? —gruñí, con voz baja y peligrosa.
Hasta Miranda se quedó tiesa en su lugar. Sus ojos delineados iban de Alex a mí con pánico, presintiendo que algo andaba muy, pero muy mal.
Alex asintió despacio y tragó saliva.
—¿Por qué te pones así? —preguntó el futuro Beta, con el ceño fruncido, sin comprender a la bestia que acababa de despertar.
Cerré los ojos con fuerza y tomé una bocanada de aire. Tenía mucha suerte. Estuve a un solo segundo de hacer algo de lo que me arrepentiría, como arrancarles la cabeza a ambos.
—Por nada —murmuré al fin, abriendo los ojos—. Solo recordé algo importante de lo que debo encargarme, así que me voy.
Tomé las llaves de mi auto del gancho metálico en la pared y salí de allí a zancadas. Los dejé atrás, envueltos en el silencio y la confusión de lo que acababa de pasar.
Conduje hacia la plaza de la manada y derrapé en cada curva. Mi lobo me decía a gritos que ella seguía allí.
¿Qué haría cuando la viera con el corazón roto? Maldición, tendría que contenerme para no asustarla más.
Al detener el auto, vi a los nuevos compañeros alejarse, se paseaban tomados de la mano, mareados por la conexión embriagadora del vínculo. Algunos de ellos estarían enredados gimiendo entre las sábanas antes de la medianoche, reclamándose de formas que yo aún no conocía. Ese pensamiento hizo que algo amargo y posesivo se retorciera en mi pecho al pensar en ella.
Caminé sin prisa hacia el centro de la plaza y allí estaba ella.
Justo donde imaginé que estaría. Aina.
Estaba de pie, completamente inmóvil, como una frágil estatua tallada a base de la decepción. Sola en medio de la multitud, como de costumbre. Pero su pequeña espalda... temblaba, solo un poco. Era suficiente para que mi lobo aullara. Podía sentir cómo se desmoronaba por dentro, incluso desde la distancia.
Nunca había sido rechazado en mi vida. Ni siquiera fingiría entender el tipo de dolor asfixiante por el que debía estar pasando. Solo los rechazados sabían de verdad cómo se sentía que te arrancaran el alma. ¿Pero verla sufrir así por culpa de otro lobo? Eso... eso se sintió como una daga al rojo vivo atravesando mi pecho.
Lloraba en silencio por un lobo que ni siquiera la miraba y la llamaba «gorda de mierda» a sus espaldas. Un maldito que paseaba a otra loba en su cara como si ella fuera invisible y no importara nada. Lloraba por un cobarde demasiado ciego para ver la verdadera joya que dejó escapar entre sus dedos.
Así que me quedé allí, oculto entre las sombras, observándola como siempre solía hacer. En silencio. Sin descanso. La forma en que guardaba luto, aguantando valientemente las lágrimas que ardían por ser liberadas de sus hermosos ojos... despertó algo oscuro e instintivo en mí. Un sentido de posesión que jamás había conocido.
Y cuando el sol bajó por completo, sin dejar nada más que el azul profundo del crepúsculo, sonreí para mis adentros.
«Ya fue suficiente sufrimiento por hoy, preciosa», pensé.
Así que di un paso al frente y pronuncié su nombre.
—Aina —llamé en la oscuridad.
Ella se dio la vuelta de inmediato al escuchar mi voz. Sus ojos detrás de las gafas se fijaron en los míos. Estaban muy abiertos, asustados como los de un ciervo acorralado... y en ese instante, la electricidad que corría por mis venas se disparó como un rayo, dejándome sin aliento por la conexión.
Le sonreí de medio lado.
Ella no supo qué hacer con su expresión. Una cantidad de emociones inimaginables recorrió su suave rostro: conmoción, sospecha, terror, confusión... Era tan adorable.
Me acerqué a ella despacio, a propósito para no asustarla más. Luego me detuve a un palmo de distancia y me incliné lo justo para que sus ojos pudieran encontrarse con los míos como era debido, incluso detrás del cristal de sus gafas.
—Aina —susurré de nuevo, con voz baja y segura para calmarla—. Es bueno que te haya rechazado.
Vi el dolor en sus ojos. El escozor salado de las lágrimas contenidas. La forma en que su respiración se cortó, como si no supiera si romper a llorar o darme una cachetada. Sus labios regordetes temblaron mientras se mordía el inferior con fuerza, intentando estabilizarse frente a mí.
Diosa, quería besarla hasta dejarla sin aire. Pero en lugar de eso, le di lo que de verdad pretendía lograr para sanar su orgullo roto.
—Porque, de no haberlo hecho, lo habría matado yo mismo —le aseguré con frialdad.
Sus ojos se abrieron de par en par, buscando los míos en la penumbra como si no estuviera segura de haberme escuchado bien.
Pero yo lo decía en serio... Cada maldita palabra era en serio.