POV: Aina
—No. No la quiero. Ella no puede ser mi compañera —dijo Alex con asco y paseó su mirada por mi cuerpo con lentitud, como si yo fuera algo repugnante.
Debía ser el mejor día de mi vida. O sea, todos esperan con emoción la Ceremonia de Emparejamiento. Y por fin era mayor de edad, por fin estaba lista para completar el vínculo y que me marcaran. Había imaginado tantas cosas... pero nunca esto.
¿Y con quién me emparejó la Diosa Luna?
Sí, con Alex Robinson... De entre todos los lobos del mundo. El hijo del Beta. El futuro segundo al mando de nuestra manada. A quien todos admiraban y de quien todos chismeaban. ¿Pero yo? Nunca le había agradado. Desde hace mucho lo sabía. Y ahora, parada frente a él, era más que suficiente para entender que jamás le iba a caer bien.
Yo ya sabía lo que vendría a continuación: el rechazo.
—Pero no hay nada malo en ella, hijo —intervino su padre e intentó hacerle entrar en razón.
—Lo sé —respondió Alex e hizo una mueca de desprecio hacia mí—. Pero no la acepto. Ya estoy enamorado... de mi pareja. No tengo que conformarme con una gorda que no sirve para nada.
Sí, lo escucharon bien.
No era el prototipo perfecto de compañera, alta y esbelta. Era una gorda con curvas. Medía un metro sesenta y cinco. Llevaba gafas gruesas por mis problemas de vista, cabello oscuro y corto, y ropa que era más funcional que bonita porque mi familia no podía permitirse lujos. Daba lo mejor de mí, pero era obvio que nunca era suficiente para ellos.
Sus palabras fueron una cachetada en mi autoestima. Mi loba gimió, profundamente herida por el rechazo.
¿Quién elegiría a alguien como yo?
Aun así, no iba a permitir que él tuviera la última palabra.
—Yo, Alex Robinson, te rechazo a ti, Aina Wilfred —sentenció y selló el dolor que yo ya veía venir.
Pero levanté la barbilla y lo miré a los ojos.
—Yo, Aina Wilfred, te rechazo a ti, Alex Robinson —declaré y mantuve la voz firme a pesar de que mi corazón se hacía pedazos.
Escuché los jadeos de asombro de la multitud. Mi mamá se tensó a mi lado, con el rostro torcido por la sorpresa.
—¡¿Qué?! —gritó ella, incrédula—. No digas eso —siseó.
Pero no me moví. Me quedé mirando al lobo que podría haber sido mi compañero. Había algo en sus ojos que no lograba entender. ¿Quizás era arrepentimiento? ¿Tal vez era duda? Ni siquiera lo sabía y a lo mejor jamás lo sabría.
Apretó los dientes y forzó las palabras.
—Bien, ya está hecho —masculló entre dientes.
Luego, como para clavar el último clavo en mi ataúd, caminó hacia ella: Miranda Warren. La rubia perfecta, la muñequita de porcelana con la sonrisa falsa y demasiado perfume.
—Miranda Warren será mi compañera. La loba que elijo para pasar el resto de mi vida —anunció Alex a toda la manada mientras sostenía la mano de ella como si fuera un trofeo.
Ella tampoco dejó pasar el momento. Miranda me dedicó una sonrisa cruel y se tapó la nariz como si yo apestara, antes de que ambos se dieran la vuelta y se alejaran de la plaza.
Subieron a su deportivo estacionado en el centro de la manada y arrancaron sin siquiera mirar atrás. A mi alrededor, los lobos que ya habían encontrado y aceptado a sus compañeros reían, se besaban, se tomaban de las manos... y celebraban.
Y yo solo me quedé allí. Como un estúpido cartel de advertencia que nadie leía.
Mi mamá negó con la cabeza. Pude notar la decepción en su cara y se alejó tras soltar un largo suspiro. No dijo ni una sola palabra. Ni siquiera me miró. Solo se dio la vuelta y me dejó, como si yo ya fuera el problema de otra persona.
Todo a mi alrededor comenzó a volverse borroso.
Allí estaba de nuevo: esa sensación. El peso insufrible de sentirme invisible. Como si yo no existiera para nadie. Ninguno se acercó a ver cómo estaba. Ningún guerrero o miembro de la manada preguntó si me encontraba bien. Todos estaban demasiado ocupados en sus compañeros y vivían en sus nuevos y perfectos mundos.
No me había movido. Seguía clavada en el mismo sitio. El lugar exacto donde las miradas de Alex y la mía se encontraron por primera vez. La conexión había soltado chispas al instante. Yo lo había sentido... y él también.
Pero en el momento en que Alex sintió el vínculo, fue como si su mundo entero colapsara a su alrededor. Como si tenerme de compañera fuera una maldición de la que no veía la hora de deshacerse.
El sol bajó a toda prisa y arrojó largas sombras sobre la plaza. El cielo se volvió frío y gris como el vacío que sentía en mi pecho. Pero no me fui. Así era como lidiaba con el dolor: en silencio, sin lágrimas, sin gritos... Solo me quedaba callada, quieta, sin importar lo que pasara.
Entonces, lo escuché.
Una voz.
Baja. Áspera. Jodidamente seductora.
—Aina —pronunció.
La sola forma en que dijo mi nombre me envió un escalofrío por la espalda. Me di la vuelta, sin prisa, aunque el corazón ya me retumbaba contra las costillas... y allí estaba.
Osborne Cliff. El hijo del Alfa. Alto. De hombros anchos. Siempre llevaba consigo esa aura amenazante. Y era el mejor amigo del Beta que me acababa de rechazar.
Estaba de pie, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero y los labios curvados en el tipo de sonrisa que podría derretir a cualquier loba. Sus ojos penetrantes se fijaron en los míos como si yo fuera algo que merecía la pena apreciar... algo que merecía la pena reclamar.
Pero ya va... Un momento... ¿cómo sabía mi nombre?
Osborne Cliff nunca me había dirigido la palabra. Ni una sola vez en todos los años que tenía en Silver Crest. Entonces, ¿por qué en ese momento? ¿Por qué ahí?
¿Era una especie de broma retorcida? ¿Había venido a burlarse de mí después de que su mejor amigo me humillara frente a toda la manada? ¿Era su forma de patearme cuando ya estaba arrastrándome por el suelo?
Ni siquiera había estado presente en la Ceremonia de Emparejamiento. Mientras todos los demás lobos buscaban a su otra mitad, no lo vi por ninguna parte. Ninguna loba estaba colgada de su brazo. Ningún murmullo sobre con quién podría terminar el futuro Alfa.
Y hasta donde yo sabía, tampoco tenía compañera.
Entonces, ¿por qué carajos estaba ahí?
Caminó hacia mí, con lentitud, como un depredador que ya sabía que su presa no tenía a dónde huir. Parpadeé cuando su aroma me golpeó de lleno: tierra, abrumadoramente masculino, rico y cálido, como cedro fresco y humo. Me envolvió por entero e hizo que mi piel se erizara al instante. Se sintió reconfortante... y al mismo tiempo, escalofriante.
Se detuvo delante de mí y se alzó, imponente, con esa media sonrisa que se le formaba en la comisura de sus labios. Me sentí pequeña a su lado, no solo en tamaño, sino en presencia. Era como si pudiera aplastarme sin el menor esfuerzo... pero elegía no hacerlo.
Luego, se inclinó lo justo para poner sus ojos oscuros al nivel de los míos. La sonrisa burlona se desvaneció por un segundo, pero fue reemplazada por algo mucho más oscuro. Algo... intenso.
—Aina —susurró, con voz baja y gruesa—, es bueno que te haya rechazado.
Me estremecí. Sus palabras me golpearon en lo más profundo. Fue un impacto peor que el de Alex.
Mi garganta se cerró. Un nudo se formó en mi pecho. Diosa, iba a llorar... y odiaba que él me viera hacerlo. ¿Por qué diría algo tan innecesariamente cruel? ¿Qué le había hecho yo para merecerlo?
Estaba a punto de apartar la mirada, lista para huir, pero él no había terminado.
—Porque, de no haberlo hecho, lo habría matado yo mismo —sentenció.
Espera... ¡¿QUÉ?!