Mundo ficciónIniciar sesión[Narrado por Liam Donovan]
El estruendo de los bajos en "The Vault" hacía que el aire vibrara, pero nada golpeaba con tanta fuerza como la rabia que me subía por la garganta. Estaba apoyado contra una columna de hormigón en la zona VIP, con los brazos cruzados y la mirada fija en la pista de baile. Parecía un espectador más, pero mis sentidos estaban en alerta máxima, filtrando cada movimiento, cada sombra.
Allí estaba ella. Mia era un incendio en medio de la penumbra, su vestido rojo sangre destacando bajo las luces estroboscópicas. Se movía con una libertad que rozaba la imprudencia, su cabello pelirrojo ondeando mientras reía con Emma e Isabella.
Pero no eran sus amigas las que me hacían apretar los dientes hasta que me dolía la mandíbula. Era él.
Max. El "compañero" de la facultad.
El tipo estaba demasiado cerca. Sus manos, que deberían estar a una distancia prudencial, se posaban en la cintura de Mia con una familiaridad insultante. Se inclinaba hacia ella, susurrándole cosas al oído que la hacían reír, aprovechando el ruido ensordecedor para acortar cualquier espacio personal.
—Míralos —se burló una voz a mi lado. Era uno de los porteros del club, que no tenía ni idea de quién era yo—. Esa pelirroja va a terminar la noche en el asiento trasero de alguien. El chico tiene suerte.
No le respondí. Si lo hacía, probablemente le rompería la nariz.
Mis ojos no se apartaban de Mia. Ella sabía que la estaba mirando. De vez en cuando, lanzaba una mirada fugaz hacia mi posición, una chispa de desafío brillando en sus pupilas. Estaba usándolo. Estaba usando a ese imbécil para castigarme, para demostrarme que ella elegía quién la tocaba.
Pero Max empezó a cruzar la línea. Vi cómo sus manos bajaban peligrosamente por la curva de su cadera, presionándola contra él en un movimiento lento y posesivo. Mia se tensó un microsegundo —lo vi, porque la conocía mejor de lo que ella misma creía—, pero no lo apartó. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás y le sonrió, exponiendo la línea pálida de su cuello.
"Basta", rugí para mis adentros.
Sentí que la sangre me hervía. La imagen de Mia delirando en mis brazos hace menos de veinticuatro horas, llamándome entre sollozos, chocaba violentamente con esta exhibición de rebeldía barata. Ella no estaba bien. Sus movimientos eran fluidos, pero notaba el ligero temblor en sus hombros; la fiebre la había dejado débil y el alcohol del club estaba haciendo el resto.
Max deslizó una mano hacia su nuca, enredando los dedos en su cabello rojo para obligarla a mirarlo. Estaba a punto de besarla.
Me moví.
No fue una caminata, fue una incursión táctica. Crucé la pista de baile como un espectro negro, apartando a los cuerpos que sudaban a mi paso sin pedir permiso. Llegué a ellos justo cuando Max cerraba los ojos, acortando los últimos centímetros.
Atrapé la muñeca de Max con una fuerza que hizo que el chico soltara un grito ahogado de dolor.
—Se acabó la fiesta, campeón —le solté al oído, con una voz que cortó incluso el estruendo de la música.
—¡Eh! ¿Qué te pasa, tío? —Max intentó zafarse, pero mi agarre era una esposa de acero—. ¡Suéltame! ¡Mia, dile a tu perro que se largue!
Mia se quedó petrificada, con la respiración agitada y los labios entreabiertos. El rojo de sus mejillas ya no era solo por el baile; era la humillación y el desafío chocando de frente.
—Liam, suéltalo —siseó ella, tratando de mantener la compostura frente a sus amigas, que nos miraban con la boca abierta—. Estás haciendo una escena.
—La escena terminó en cuanto dejaste que este imbécil te pusiera las manos encima —repliqué, tirando de ella hacia mí con el otro brazo, pegando su espalda contra mi pecho—. Nos vamos. Ahora.
—¡No me voy a ninguna parte contigo! —gritó ella, forcejeando.
—¿Ah, no? —me incliné hacia ella, ignorando a Max, que seguía retorciéndose—. Entonces tendré que sacarte de aquí como la primera noche, Princesa. Tú eliges: sales caminando o sales por encima de mi hombro frente a todo el club.
La miré a los ojos y vi el momento exacto en que comprendió que no estaba bromeando. Mi paciencia se había evaporado. El protector había dejado paso al hombre, y el hombre estaba furioso.
—Te odio, Liam Donovan —susurró ella, con los ojos empañados por una rabia que amenazaba con desbordarse.
—Anota eso en la lista —respondí, soltando finalmente a Max con un empujón que lo mandó contra un grupo de personas—. Muévete. El coche espera.
La tomé del brazo con firmeza, guiándola hacia la salida mientras Emma e Isabella nos miraban sin atreverse a decir una palabra. Sabía que la guerra de verdad no había ocurrido en la pista de baile. La guerra empezaría en cuanto cerrara la puerta del coche y estuviéramos solos en la oscuridad de la noche.







