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Capítulo 15: El Beso del Caos

 

[Narrado por Liam Donovan]

El silencio dentro del coche era una granada sin seguro. Mia estaba pegada a la puerta del copiloto, con la mirada perdida en las luces borrosas de la ciudad que pasaban a toda velocidad. El aroma a alcohol y perfume dulce llenaba el habitáculo, mezclándose con la tensión eléctrica que me hacía apretar el volante hasta que mis nudillos crujían.

—¡Eres un animal! —estalló ella de repente, rompiendo el silencio con un grito que me golpeó los oídos—. ¡Me humillaste frente a mis amigos! ¡Frente a Max! ¿Quién te crees que eres para sacarme así de un club?

—Soy el hombre que no va a permitir que un imbécil te use como trofeo mientras todavía tienes los pulmones resentidos por la fiebre —respondí, sin apartar la vista de la carretera, mi voz era un trueno contenido—. Deberías darme las gracias por no haberle roto la mandíbula a ese tipo.

—¡No te debo nada! ¡Te odio, Liam! ¡Ojalá nunca hubieras aparecido en mi vida! —Mia empezó a golpear el tablero con frustración—. ¡Detén el maldito coche! ¡Déjame bajar!

—¡No voy a dejarte en medio de la carretera a estas horas vestida con ese trozo de tela!

—¡Dije que te detengas! —Mia se abalanzó sobre el volante, intentando girarlo.

El coche zigzagueó peligrosamente. Solté una maldición, pisé el freno a fondo y me desvié hacia el arcén, deteniendo el vehículo de un golpe seco que nos hizo saltar en los asientos. Antes de que ella pudiera abrir la puerta, accioné el seguro central.

—¡Ábreme! —gritó ella, girándose hacia mí con el rostro encendido de furia y los ojos empañados—. ¡Te odio, te odio, te odio!

—¡Ya lo sé! —le rugí, soltándome el cinturón para encararla—. ¡Lo has dicho mil veces! Pero mientras seas mi responsabilidad, vas a obedecer mis órdenes, ¿me oyes? ¡Deja de actuar como una cría consentida!

El impacto fue seco. La mano de Mia chocó contra mi mejilla con una fuerza que me giró la cara. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por su respiración agitada y el motor del coche al ralentí.

Giré la cabeza lentamente para mirarla. La marca de sus dedos ardía en mi piel, pero el fuego que sentía por dentro era mucho peor. La paciencia se rompió. El profesionalismo se hizo añicos.

—No debiste hacer eso, Nena —susurré con una voz que ya no era mía.

La atrapé por la nuca antes de que pudiera reaccionar. Mis labios chocaron contra los suyos con una violencia hambrienta, un beso que no sabía a romance, sino a guerra, a posesión y a meses de tensión acumulada. Fue un choque de dientes y lenguas, un reclamo desesperado que Mia respondió con la misma furia, enredando sus dedos en mi cabello, tirando de mí hacia ella.

Mia, en un movimiento errático provocado por el alcohol y el deseo, se deslizó sobre la consola central y se sentó a horcajadas sobre mi regazo. El espacio era mínimo. El vestido rojo se subió peligrosamente por sus muslos y el tirante de seda resbaló por su hombro, exponiendo la curva de su pecho.

—Liam... —gimió contra mi boca, su voz era una mezcla de odio y necesidad.

Ella bajó sus labios a mi cuello, mordiendo y succionando con una intensidad salvaje, dejando una marca violenta y marcada sobre mi piel, justo encima del cuello de mi camisa. Un gruñido escapó de mi garganta mientras mis manos se aferraban a su cintura, apretándola contra mí hasta que no quedó ni un átomo de aire entre nosotros.

Pero entonces, sentí que su cuerpo empezaba a ceder.

El ritmo de sus besos se ralentizó. Su cabeza cayó pesadamente sobre mi hombro y sus manos, que hace un segundo me desgarraban la camisa, se relajaron. La adrenalina de la pelea y el efecto del alcohol finalmente le pasaron factura a su cuerpo debilitado por la enfermedad.

—¿Mia? —susurré, tratando de apartarla un poco para ver su rostro.

No hubo respuesta. Sus ojos estaban cerrados y su respiración se volvió profunda y rítmica. Se había quedado dormida en mi regazo, en medio de la carretera, después de haberme marcado como suyo y de haberme dado el beso más devastador de mi vida.

Me quedé allí, en la penumbra del coche, con el corazón martilleando contra mis costillas y la marca de sus dientes ardiendo en mi cuello. La miré, tan frágil y tan letal al mismo tiempo, y supe que estábamos perdidos. Había cruzado la línea prohibida, y ya no había forma de volver a ser solo el guardián.

Con un suspiro cargado de derrota, la acomodé con cuidado de vuelta en el asiento del copiloto, le subí el tirante del vestido y la cubrí con mi chaqueta. Arranqué el coche de nuevo, conduciendo hacia la mansión con una mano en el volante y la otra tocando inconscientemente la marca que ella me había dejado.

Mañana, ella no recordaría esto. Pero yo... yo nunca iba a poder olvidarlo.

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