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Capítulo 11: Frío Extremo

 

[Narrado por Liam Donovan]

El trayecto de regreso a la mansión fue una carrera contra el tiempo que no me permitía pensar. Cada vez que miraba por el retrovisor y veía el cuerpo inerte de Mia sacudirse por los baches, una punzada de culpa me atravesaba el pecho como un proyectil de fragmentación. Su respiración era un silbido débil, y el calor que emanaba de ella saturaba el habitáculo del coche.

Llegué derrapando frente a la entrada principal. No vi el coche de Elias ni el de Dominic. Gracias a Dios. No necesitaba un interrogatorio ahora; necesitaba salvarla.

Bajé del coche, la tomé en brazos y entré en la casa como una exhalación. Cleo y Casey salieron al vestíbulo, alertadas por el estruendo de mis pasos. Al ver a Mia pálida y desmayada en mis brazos, sus rostros se transformaron en máscaras de puro terror.

—¡Liam! ¿Qué ha pasado? —chilló Casey, corriendo a nuestro lado mientras subíamos las escaleras.

—Se desplomó en la facultad —solté, con la voz ronca por la tensión—. Está hirviendo. ¡Cleo, llama al médico de la familia ahora!

Llegamos a su habitación. La deposité en la cama de seda, donde su cabello pelirrojo se desparramó como una mancha de sangre sobre las almohadas blancas. Cleo ya estaba al teléfono, con la voz temblorosa pero firme, dándole los síntomas al doctor.

—Sí, está inconsciente... pulso rápido... piel muy caliente —Cleo escuchaba con atención, palideciendo por segundos—. Entiendo. Sí, lo haremos de inmediato. ¡Dese prisa!

Colgó el teléfono y me miró con una expresión que nunca le había visto. Era una mezcla de urgencia y reproche silencioso.

—El doctor dice que el choque térmico de anoche ha derivado en una infección pulmonar severa —dijo Cleo, con la voz quebrada—. Su temperatura ha cruzado la zona de peligro. Dice que si no la bajamos en los próximos diez minutos, podría sufrir daño cerebral o algo peor.

—¿Qué tenemos que hacer? —pregunté, acercándome a la cama, sintiendo que el mundo se me caía encima.

—Hielo —sentenció Cleo—. Tenemos que llenar la bañera con agua fría y hielo. Hay que meterla allí cinco minutos exactos para forzar el descenso de la temperatura. Él ya viene en camino con los antibióticos, pero esto es lo único que la mantendrá a salvo hasta que llegue.

No esperé una segunda orden. Corrí al baño de la suite de Mia. Abrí los grifos del agua fría a máxima potencia mientras Casey corría a la cocina por todas las bolsas de hielo que hubiera en los congeladores industriales.

El sonido del agua llenando la tina era ensordecedor. Casey llegó con cubetas de hielo y las vació dentro. El agua se volvió cristalina y mortalmente gélida. Me giré hacia la habitación y tomé a Mia de nuevo. Estaba sudando, con la piel pegajosa y caliente al tacto.

—Liam, espera... hay que quitarle la ropa —dijo Cleo, tratando de apartarme—. Casey y yo lo haremos...

—No hay tiempo —la corté, con una determinación que no admitía réplicas. El tiempo corría y cada segundo su cerebro se cocinaba bajo esa fiebre—. Quítale solo los zapatos. Yo la sostendré.

Con cuidado pero con firmeza, la llevé al baño. Cleo y Casey nos seguían, conteniendo el aliento. Me metí en la bañera con ella, ignorando que mi propio pantalón y botas se empapaban. La sumergí lentamente en el agua con hielo.

El contacto con el frío extremo provocó una reacción violenta en su cuerpo. Mia soltó un jadeo desgarrador, un sonido que me partió el alma, y sus ojos se abrieron de par en par, nublados y desenfocados por el delirio.

—N-no... frío... por favor... —balbuceó, intentando zafarse con una debilidad que me dolió más que sus golpes de ayer—. Liam... duele...

—Lo sé, Nena, lo sé —susurré, apretándola contra mi pecho para mantenerla sumergida hasta los hombros, sintiendo cómo mis propios músculos se entumecían por el frío—. Tienes que aguantar. Solo cinco minutos. Estoy aquí. No voy a soltarte.

Ella empezó a temblar violentamente. Sus dientes castañeaban y sus manos se cerraron sobre mis brazos húmedos con una fuerza desesperada.

—M-me odias... —susurró entre sollozos, con la mirada perdida en la mía—. Dijiste que... que era una p-princesa de cristal... que m-me rompería... Tenías razón... me rompí...

Me quedé helado, y no fue por el agua. Verla así, vulnerable, repitiendo mis propias palabras crueles mientras yo intentaba salvarle la vida, fue el castigo más amargo de mi carrera. Cleo y Casey nos miraban desde el borde, con lágrimas en los ojos, cronometrando cada segundo de esa agonía helada.

—No te vas a romper —le dije al oído, con una voz que luchaba por no quebrarse—. Eres una Blackwood. Eres la Pulga. Y no voy a dejar que te pase nada, ¿me oyes? Lucha conmigo.

Sostuve su cuerpo tembloroso contra el mío en ese pozo de hielo, contando cada latido de su corazón, rogando al cielo que el médico llegara pronto y que, cuando Mia despertara de esta pesadilla, pudiera perdonarme por haber sido el guardián que, en lugar de protegerla, casi termina por destruirla.

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