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Capítulo 12: Amnesia de Cristal

 

[Narrado por Liam Donovan]

El médico de la familia Blackwood finalmente se marchó después de tres horas que se sintieron como décadas. Mia ya no ardía; la bañera de hielo había cumplido su función brutal, y los antibióticos intravenosos estaban haciendo el resto.

La dejamos en su cama, envuelta en sábanas de algodón egipcio y mantas térmicas para controlar los escalofríos post-fiebre. Cleo y Casey se habían quedado dormidas en el sofá del pasillo, agotadas por la tensión, pero yo no podía cerrar los ojos. Me senté en el sillón junto a su cama, con la ropa aún húmeda y los nudillos blancos de tanto apretar los reposabrazos.

La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la lámpara de noche. Mia dormía profundamente, con una palidez que me oprimía el pecho. Cada vez que su respiración se entrecortaba, yo me inclinaba hacia ella, listo para sostenerla de nuevo.

—Lo siento, Nena —susurré en la oscuridad, dejando que mi guardia bajara por un segundo—. Fui un animal. Tenías razón... soy un bruto que no supo cuidarte.

Cerca de las cuatro de la mañana, sus párpados empezaron a agitarse. Soltó un gemido bajo y su mano buscó algo sobre las mantas. Por instinto, atrapé sus dedos con los míos. Estaban frescos, por fin.

—¿Papá? —su voz era un hilo, apenas un susurro quebrado.

—No, soy yo —respondí, aclarando mi garganta para que no se notara la ronquera del cansancio.

Mia abrió los ojos lentamente. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar el techo y luego mi rostro. Tardó unos segundos en reconocer donde estaba. En cuanto sus pupilas se fijaron en mí, vi cómo la confusión se transformaba en una chispa de ese fuego defensivo que tanto la caracterizaba.

De repente, retiró su mano de la mía como si se hubiera quemado con ácido.

—¿Qué haces aquí? —siseó, tratando de incorporarse, aunque el mareo la obligó a caer de nuevo sobre las almohadas—. ¿Por qué estás en mi cuarto, Donovan?

—Casi te mueres, Blackwood —dije, tratando de mantener mi tono profesional, aunque por dentro sentía un alivio que me quemaba—. Te desmayaste en la facultad. Tuviste una infección severa y una fiebre que casi te fríe el cerebro.

Ella frunció el ceño, llevándose una mano a la sien. Sus ojos recorrieron la habitación, viendo la vía del suero en su brazo.

—¿De qué estás hablando? —preguntó con voz áspera—. La facultad... recuerdo que... recuerdo que bajé del coche. Te dejé en la acera con tus fans y caminé hacia mi clase. Después de eso... hay un vacío.

Me quedé helado. ¿No recordaba nada? ¿No recordaba a Max sosteniéndola? ¿No recordaba el trayecto en el coche conmigo rogándole que no se fuera? ¿Y la bañera de hielo? ¿No recordaba cómo lloró en mis brazos mientras yo la sumergía para salvarla?

—¿No recuerdas la biblioteca? ¿Ni el regreso a casa? —insistí, inclinándome hacia ella.

—¡He dicho que no! —me gritó, y el esfuerzo la hizo toser con fuerza—. Recuerdo que te odiaba en la acera y te odio ahora. ¡Largo de aquí! ¡No quiero que me toques, ni que me mires, ni que me cuides!

—Mia, escucha, el médico dijo que...

—¡Me importa un bledo lo que dijera el médico! —sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración—. ¡Vete, Liam! ¡Fuera de mi vista! ¡Llama a Cleo o a Casey, pero tú lárgate! ¡Eres lo último que quiero ver!

Me puse de pie lentamente. El dolor que sentí no fue físico, fue algo mucho más profundo, un golpe directo al ego y a algo que no quería admitir que sentía por ella. Ella no recordaba mi desesperación, solo recordaba el desprecio mutuo. Para ella, yo seguía siendo el verdugo que la humilló en la piscina.

—Está bien —dije con la voz gélida, recuperando mi máscara de piedra—. Me voy. Tus cuñadas están afuera. Pero que te quede claro una cosa, Princesa: aunque me corras, sigo siendo tu sombra. Y la próxima vez que intentes matarte por puro orgullo, no esperes que sea tan amable.

Caminé hacia la puerta sin mirar atrás, sintiendo su mirada de odio clavada en mi espalda. Salí al pasillo y cerré la puerta con cuidado. Cleo se despertó al oír el ruido.

—¿Se ha despertado? —preguntó ella, tallándose los ojos.

—Sí —respondí, apretando los dientes—. Ya está lo suficientemente bien como para gritarme. Entren ustedes. Yo tengo una guardia que hacer.

Me alejé por el pasillo, sintiendo el frío de mi ropa mojada calarme hasta los huesos. Mia Blackwood no recordaba que anoche, en medio del delirio, me había confesado que mis palabras la habían roto. Y quizás era mejor así. Porque si ella no lo recordaba, yo podía seguir fingiendo que no me importaba que me odiara tanto.

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