Dilo otra vez.
Alessandro no apartó la mirada.
Me oíste.
No dije, sacudiendo la cabeza una vez. Te entendí. Solo quiero oírte decirlo de nuevo.
Tú eres el cebo.
Esas palabras se deslizaron dentro de mí.
Como algo que ya había sido decidido mucho antes de que yo entrara en esta habitación.
Detrás de él, los guardias permanecían exactamente donde habían estado, espaciados lo justo para cubrir todos los ángulos sin saturar el espacio. Sus manos no estaban sobre las armas, pero no hacía falta.
Esta