El bajo zumbido de los motores del jet era el único sonido que rompía el silencio dentro de la cabina.
Fuera de la ventana, la noche se extendía infinitamente, oscura y silenciosa.
Muy atrás, Las Vegas ya se había reducido a una distancia como un destello en el horizonte, como un fuego del que alguien finalmente había decidido alejarse.
No me había movido de mi asiento desde que despegamos.
Mis manos descansaban en mi regazo, con los dedos apretados con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron