Eloísa estaba dormida para el momento en que Henrick entró a la habitación. El hombre miró la silueta de la mujer sobre la cama y cerró la puerta con seguro.
No sabía exactamente qué hacía ahí, pero sentía un fuerte impulso que no podía contener. La rabia carcomía su sistema a una velocidad sorprendente, mientras se imaginaba a la insulsa chica en compañía de otro hombre.
¿Acaso creía que podía faltarle al respeto de esa forma?
¡De ninguna manera! No lo permitiría.
Mientras Eloísa viviera e