—Entonces es verdad—dijo Helena, mientras apuntaba con un arma en la dirección de ambos.
Henrick y Eloísa se separaron de inmediato para observar a la mujer que acababa de irrumpir en la habitación. El corazón de la más joven latió con fuerza, mientras observaba la furia destilar de los orbes de su hermana.
—Baja el arma—ordenó el hombre a su esposa.
Helena negó insistentemente, como si su cabeza aún tratara de procesar lo que pasaba; pero claramente renuente a obedecerle.
—Tú no me das órde