—¡Nunca más vuelva a tocarme!—amenazó la mujer, dándole una fuerte cachetada en el rostro.
Por reflejo, Henrick llevó su mano derecha al lugar en donde había sido golpeado, dándose cuenta de que ahora no únicamente su labio inferior sangraba, sino que, además, Eloísa acababa de abofetearlo.
«¡Chiquilla insolente! ¿Cómo se atrevía a hacer semejante cosa?», se preguntó, mirándola con odio renovado.
—¡Lárguese!—ordenó la chica sin acobardarse ante lo que acababa de hacer.
No le atemorizaba la mi