*—Dante:
—¿Podrías dejar de atacarme con tus feromonas? —preguntó Mikhail, y Dante giró el rostro hacia él con lentitud, evaluándolo.
El alfa lucía pálido, la respiración apenas controlada, el pecho subiendo y bajando con más fuerza de la necesaria.
Una risa baja escapó de la garganta de Dante, profunda, cargada de un matiz casi provocador, mientras daba un paso al frente, invadiendo el espacio personal del otro sin pedir permiso.
Era más alto, más ancho de hombros, su presencia llena