*—Ezra:
El mundo no desapareció, pero perdió importancia. El aire se volvió más liviano, el tiempo más lento. Sus dedos se aferraron a la espalda de Dante mientras algo invisible, imposible de nombrar, se acomodaba dentro de él.
No vio recuerdos, ni escuchó voces, pero sintió una certeza absoluta.
Su cuerpo dejó de resistirse a nada. Cada músculo, cada latido, cada fibra parecía decir: es él. Como si algo que había estado buscando sin saberlo, por fin hubiera encontrado su lugar.
Era como una