Capítulo Nueve — Tres Segundos.
No grité.
Para gritar se necesita una garganta que funcione, y la mía se cerró en seco en el instante en que me di cuenta de lo que Romano sostenía. La pistola de Matteo: la reconocí como se reconoce algo que se ha visto tantas veces en la mano de un hombre que su forma se vuelve familiar. Negra. Pesada. Apuntando al suelo, pero sostenida con la soltura de alguien que la ha apuntado a otras cosas muchas veces antes y la experiencia le ha resultado normal.
Romano me miró desde el otro lado de la