La camioneta daba tumbos violentamente sobre los baches, sus faros rasgando la oscuridad como cuchillos. Los brazos de Matteo me rodeaban, una mano presionaba con fuerza la herida sangrante de mi costado, la otra acunaba mi cabeza contra su pecho. Su corazón retumbaba bajo mi oído: errático, desesperado, vivo. Cada sacudida me provocaba un dolor intenso, pero me aferraba a él con más fuerza, clavando los dedos en su camisa empapada de sangre.
—Quédate conmigo —gruñó con voz ronca y quebrada—. N