Mundo ficciónIniciar sesiónCamila estaba consumida por la curiosidad.
Siguió el sonido de los murmullos y vio un supercarro de lujo estacionado en la entrada del hotel.
Ver ese tipo de máquinas allí no era ninguna sorpresa, pero el aura del hombre que salió del vehículo era diferente.
Era alto, con un rostro esculpido que rozaba lo hipnótico.
Incluso manteniendo una expresión gélida y distante, su presencia era aplastante; parecía un rey nato.
Todas las miradas fueron atraídas magnéticamente hacia él.
El hombre rodeó el carro y abrió la puerta del pasajero con una elegancia impecable.
Un instante después, un par de piernas largas y esbeltas tocó el suelo.
Luana surgió, usando un vestido strapless color champán que parecía hecho de luz. Su piel tenía el suave brillo del jade, y el corte ajustado del vestido realzaba cada curva de su cuerpo.
Era la imagen de la sofisticación — una mujer deslumbrante, orgullosa e inalcanzable.
— ¡Dios mío! ¿Quién es ella? ¡Es perfecta! — exclamaba la multitud.
Algunos empresarios reconocieron al hombre como Mateus Curie, el nuevo titán del mercado. Pero cuando Camila miró a la mujer a su lado, su mandíbula casi tocó el suelo.
Esa mujer... ¿es Luana?!
¿Cómo era posible? ¿Cómo aquella "pueblerina" había llegado a relacionarse con Mateus Curie, uno de los solteros más poderosos y codiciados de la capital?
Camila sintió un nudo de odio en la garganta.
"Él probablemente no sabe quién es ella en realidad", pensó.
Un brillo siniestro apareció en sus ojos; estaba decidida a desenmascarar a Luana antes de que terminara la noche.
Luana, por su parte, sintió que aquella mirada le quemaba.
Tomó el brazo de Mateus y caminó hacia el salón. Al entrar, divisó a Alessandro y a Camila a pocos metros.
Sus labios se curvaron en una sonrisa fría.
Qué mundo tan pequeño.
Apretó levemente el brazo de su hermano. Al pasar junto a los dos, Luana mantuvo una sonrisa educada y protocolaria, como si Alessandro y Camila fueran meras decoraciones de pared — invisibles e insignificantes.
Alessandro sintió un choque eléctrico recorrer su cuerpo. Nunca la había observado con tanta atención en el pasado, y ver esa versión vibrante y poderosa de Luana lo dejó sin palabras. Pero al ver la mano de ella posada en el brazo de Mateus Curie, sus ojos oscuros se volvieron sombríos.
Una irritación inexplicable burbujeó en su pecho.
Sintió como si estuviera viendo algo que le pertenecía siendo exhibido por otro. ¿Tanto habían caído sus estándares? Ese hombre parece tan común..., pensó, en un acceso de celos amargos que se negaba a admitir.
Camila, notando la tensión en la mandíbula de Alessandro y las venas marcadas en su sien, sintió que el suelo se escapaba bajo sus pies.
Parecía un marido furioso al descubrir una traición.
¡Están divorciados! ¿Por qué está actuando así?, gritaba mentalmente, cerrando los puños con tanta fuerza que las uñas le marcaron la palma de la mano.
Mientras Luana circulaba por el salón con la gracia de una mariposa, Mateus susurró:
— Hermanita, ¿estás bien? Te sentí tensa cuando pasamos junto a ese tipo.
— Estás imaginando cosas, Mateus — Luana sonrió con sinceridad. — Después de todo lo que viví, todo aquel amor se convirtió en polvo. Él ya no me afecta.
— Me alegra escuchar eso. Recuerda: con los hermanos Curie a tu lado, nunca más tendrás que bajar la cabeza ante nadie.
Luana sintió un calor en el pecho.
Era la menor de cuatro hermanos. Mateus, el heredero; el segundo, Carlo, una estrella pop internacional; el tercero, Heitor, un brillante cirujano. Y ella, bajo el seudónimo "COCO", era una de las diseñadoras de joyas más influyentes de la actualidad. Para protegerla tras el trauma del secuestro en la infancia, la familia había mantenido su identidad en secreto, pero el cariño de ellos era su mayor escudo.
— ¿Carlo y Heitor no vinieron? — preguntó Luana, riendo.
— Ya los conoces. Detestan esta hipocresía de la sociedad — murmuró Mateus, fingiendo irritación.
— Te dejo con tus contactos ahora, hermano. Necesito ir al baño a retocarme el maquillaje — inventó Luana como excusa para respirar un poco.
Al salir del tocador, chocó con alguien que entraba apresurada.
— Disculpe — dijo Luana, por puro hábito de educación.
— ¿Luana?! ¿Qué crees que estás haciendo aquí?
Una voz estridente y cargada de veneno cortó el aire. Era una de las socialités amigas de Camila. La midió de arriba abajo con desprecio.
— Este es un hotel de seis estrellas. ¿Cómo entró una pueblerina como tú? ¿Y ese vestido? Debe haber costado lo que vale un puesto de feria. ¡Sal ahora antes de hacer el ridículo y manchar la reputación de este lugar!
Luana se detuvo, enderezó los hombros y miró a la mujer a los ojos con una frialdad que habría hecho retroceder al propio Alessandro.
El juego de "ser buena chica" definitivamente había terminado.







