Luana se quedó allí parada, congelada como una estatua de piedra. Internamente, ya había maldecido incontables veces. La capital era una metrópoli enorme, con miles de hoteles; ¿por qué el destino tenía que ponerla justo allí, frente a él?
Decidió que su mejor estrategia sería la cobardía: fingir que eran completos desconocidos. Con tanta gente alrededor, apostaba a que él no se atrevería a hacer nada fuera de lo común. Desviando la mirada con una indiferencia ensayada, Luana rezaba para que se