Luana siguió la mirada de la dueña y se dio cuenta de que había estado caminando descalza todo el tiempo, y ahora sus dedos estaban llenos de ampollas.
Ya tenía la piel clara, por lo que la suciedad y la sangre en sus pies hacían que las manchas rojas y negras se destacaran aún más. No había sentido ningún dolor hasta ese momento, pero ahora empezaba a molestarle bastante.
Le sonrió a la propietaria, tomó el agua que le ofreció y fingió darle un sorbo. No era que no quisiera confiar en la señor