En el momento en que Luana estaba a punto de aprovechar la oportunidad, él se giró con Luana en sus brazos, revirtiendo la situación una vez más. Su mirada era profunda y sombría, como un remolino que succionaba a Luana, del cual ella no podía escapar.
Él pensaba que Luana ya estaba muy cansada y, aunque deseaba más, hizo todo lo posible por suprimir el deseo que estaba a punto de explotar. Pero en ese instante, Luana era como un conejito probando los límites del peligro. Su autocontrol ya era