La puerta se abrió y el hombre, sin ceremonias, dejó a Lorena en el suelo. Ya estaba tan hambrienta que apenas tenía fuerzas.
El hombre hizo un gesto para que Diego cerrara la puerta. El niño miró a Lorena, quien había caído al suelo, con los ojos llenos de desesperación, pero solo pudo obedecer. El hombre reunió a todos los niños y exigió el dinero ganado durante el día. Aquellos que cumplían la meta recibían elogios; los que fallaban temblaban de miedo, pues se quedaban sin cena como castigo.