Tenía demasiadas cosas de las que preocuparse como para temerle a un simple trueno.
Las lágrimas que había estado conteniendo durante toda la noche finalmente rompieron la frágil barrera que las retenía y comenzaron a deslizarse libremente por sus mejillas.
Pequeñas gotas de lluvia acariciaban su rostro, haciendo que algunos mechones de cabello se pegaran húmedamente a su piel.
De pronto, la llovizna se convirtió en un aguacero feroz.
La lluvia golpeaba su cuerpo con tanta fuerza que le dolía.