La mañana en la residencia Macalister no comenzaba con calidez.
Comenzaba con orden.
Elisabetta entró al comedor de desayuno y redujo el paso, no por duda, sino para observar bien la sala esta vez.
La mesa ya estaba llena.
No solo preparada, sino ocupada con intención.
Al fondo estaba sentada la señora Anita, tan compuesta como siempre, con una presencia firme y central. A su derecha había un hombre de unos cincuenta y tantos, de postura rígida y mirada calculadora, con los dedos apoyados con l