La casa estaba demasiado silenciosa.
Elisabetta estaba sentada en el frío suelo de mármol del baño principal, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas recogidas contra el pecho. El silencio la envolvía como algo que no podía quitarse. No había voces. No había pasos. Solo el leve crujido de la mansión asentándose de vez en cuando, recordándole que estaba sola.
Llevaba ahí una hora. Quizá más. El tiempo se comportaba de forma extraña cuando no tenías nada que hacer más que pensar.
Y