El teléfono sonó temprano. Demasiado temprano. Elisabetta seguía en la cama, con los ojos pesados por otra noche de sueño interrumpido. Alcanzó el receptor en la mesita de noche, con voz somnolienta.
—¿Diga?
—Señora Macalister, soy Celestina. Hay una llamada para usted. Una anciana llamada Madame Charity. Dice que trabajó para su padre.
Elisabetta se incorporó. Madame Charity. El ama de llaves de su infancia. La mujer que solía darle galletas a escondidas cuando su padre no miraba. Se había jub