Norman entró en la sala, aflojándose la corbata. La casa estaba en silencio. Elisabetta estaba arriba, descansando. No había hablado con ella desde lo del cementerio. No sabía qué decir. Había sido frío con ella en el coche. Lo sabía. Se arrepentía, pero no podía dar marcha atrás.
Se sentó en el sofá de cuero y sacó su teléfono. Había un mensaje de su investigador. Pulsó llamar y esperó.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Norman.
La voz del investigador era baja. —Sara está planeando algo. Aún no