Las empleadas domésticas estaban reunidas en la terraza trasera, apiñadas alrededor del teléfono que una de ellas sostenía. Se escuchaban risitas y pequeños jadeos de sorpresa; claramente estaban fascinadas por algo.
La conmoción llamó la atención de Romilda, así que se acercó.
En cuanto las empleadas la vieron, la llamaron con entusiasmo. Siempre habían sido amables con ella, completamente ajenas a la oscuridad que Romilda ocultaba cuidadosamente detrás de su sonrisa educada.
—¡Rose, ven aquí!