El despertar fue un shock emocional. No por la resaca de la pasión que tuve hace poco, sino por la figura de Enzo sentado cerca de la ventana, con el traje impecable, observándome con una sonrisa perezosa que me derritió el alma. Sus ojos grises, bañados por el sol, brillaban como plata líquida y… mierda, se ve taan… sexy.
Era una sonrisa robada, íntima, que decía: “Te tengo. Y fue exactamente lo que ambos queríamos.”
—Buenos días, esposa —murmuró, su voz grave, sin urgencia.
Mi corazón dio un