Mi hermana Isabel, estresada como si le debieran tres quincenas y de pésimo humor, me soltó que en el apartamento de Antonio se había metido una supuesta hija de él, armó un zafarrancho épico y terminó echada como perro callejero en mercado. Para colmo, la muchacha ni siquiera era hija de Antonio. Yo ya le advertí a Isabel que había puesto la respectiva denuncia ante la policía por invasión de morada ajena, pero la culpa no era solo de la intrusa: el vigilante y todo el personal de turno se gan