CAPÍTULO 76: EL TRATO DE VIDA
El dragón respiraba con dificultad, su cuerpo, antaño majestuoso, se retorcía en la penumbra de la cueva. Sus escamas doradas ahora estaban apagadas y rotas, caían de su cuerpo como trozos de metal oxidado, y su aliento, antes ardiente, se había convertido en un susurro débil y cargado de muerte. La oscuridad envolvía su cueva, pero no podía apagar su orgullo ni su furia. Aquel lobo, el hijo de la Luna, había sellado su destino, pero el dragón no iba a permitir que