Ilan
—¡Adrik! Mantén a raya a tus «hermanos» —ladré—. No queremos iniciar una guerra, solo queremos regresar a nuestra aldea.
—Lo siento, Ilan. Mis hombres tienen el derecho de cortejar a tus hembras.
—Adrik. ¡Lo prometiste! —chilló Ainara—. Dijiste que las dejarías ir si me quedaba contigo. Cumple tu maldita palabra o no cumpliré la mía.
Los ladridos crisparon el aire y los lobos comenzaron a acercarse sigilosamente, listos para atacar, cuando el grito de Adrik cortó la tensión.
—¡Alto! —orden