ARDIAN
El aire estaba cargado de tensión; un silencio opresivo envolvía la habitación mientras observaba a mi padre en el centro del salón. Su figura, antes reconocible, comenzó a transformarse. La piel se estiraba, los músculos se tensaban y, en un instante, lo que una vez fue mi padre se convertía en un lobo imponente. Sus ojos, que solían mirarme con cariño, ahora brillaban con una ferocidad inhumana.
—¡Ardian, no! —gritó Melisa, acercándose a mí con una mezcla de preocupación y temor.